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"What if we already are who we've been dying to become"

domingo, 24 de marzo de 2019

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'Que no pocas veces he sido tentado
en coger mi esperanza
y lanzarla sin más a la fosa común,
donde yacen los sueños'


He escrito cartas para muchas personas (o muchas cartas para pocas, más bien) pero rara vez me escribí a mí, y nisiquiera sé cómo empezar.
He hablado de otros susurros ajenos a mi garganta, de manos que no he rozado, de corazones que no eran el mío. He hablado de miedos, de dolor y de lágrimas, del leve cascabel salido de unos labios, la brisa en los ojos de otro, las pestañas que no me dejaron besar y el amor que no conozco. Y nada de esto me pertenecía a mí.

Intento hablarme mientras miro la respiración en mi estómago, el aire entrando y saliendo de mi cuerpo, el presente que se estanca en mis costillas. Los 49 kilos de desconocimiento hacia mi misma.
Termino el libro de una psicóloga que narra cómo sobrevivió a los campos de concentración, cuenta historias de sus pacientes y en muchos de ellos la respuesta a sus problemas (y al de ella misma) eran semejantes: aprender a abrazar el pasado.
Acaba volviendo a Auschwitz, rozando el suelo que la marcó, respirando un aire más renovado pero que la lleva a la época de muerte y dolores en el cuerpo y poca comida y cansancio y las ganas de libertad y de dejar de vivir al mismo tiempo. Se perdona a si misma por no haberse dejado vivir en calma esos más de 30 años desde que la salvaron, y arropa al pasado como quien abraza a un viejo amigo.

Me pregunto sino es esa la salida a muchos miedos (o al menos un pequeño atisbo sobre cuál es el camino que debemos tomar).
Llevo años preguntándome por qué lloro cuando todo va bien, por qué tiemblo si nadie ni nada me asusta, por qué no soy capaz de acoplarme bien a la vida que me ha tocado, a pesar de estar viviéndola como se supone que quería. Por qué donde hay felicidad me empeño en mancharla de nostalgia.

Recuerdo los dias de consulta, de jóvenes psicólogas y de sentirme enferma. A pesar de mi nefasto estado (más emocional que físico) no me diagnosticaron nunca anorexia, tampoco bulimia, lo mío solo eran problemas con la comida, un paseo tortuoso de odiarme y de odiar, emociones que solo se centraban en platos vacíos. Y me sentí fracasada

Me di cuenta que llevaba mucho siendo así, casi toda mi vida
Si algo sale bien, yo retrocedo a cuando algo fue realmente mal
Si logro mis objetivos, mi mente me dice que no es suficiente
Si alguien me quiere, si alguien me ama, inconscientemente bailo en esa época en la que no lo hicieron
Si tenía problemas alimenticios, nunca fueron suficientes. Ni anoréxica, ni bulímica. Enferma pero no demasiado, en mi cabeza siempre ese "casi".



Me percaté rápido (solo me han hecho falta unos más de 10 años) que después de 3 psicólogas que siempre me hicieron mantener la vista hacia delante, un problema alimenticio y síntomas de depresión, quizá debía echarme sobre el pasado, preguntarle en qué momento quiso torcerse.

La teoría me la sabía, cómo ponerla en práctica no tanto. 
Empecé por lo fácil (que no siempre fue tan sencillo): me escuché a mí misma. No a lo que otros me decían, no a lo que me exigían (que, generalmente, eran exigencias mías que solía atribuir a otros). 
Seguí conociéndome, intentando entender de dónde venía todo y quién había colocado mis cimientos. Me di cuenta poco a poco que no era tan importante el origen de mis miedos como saber controlarlos, pero eso vendría después. 
Tras una época odiando a los libros por la poca capacidad que había adquirido para la concentración, me reconcilié con ellos (y fue una bonita forma de sentirme más cerca de mí). 
También empecé a escribir menos. Y con poca pena puedo decir que sigo sin hacerlo. Fue una forma de autoayuda cuando las cosas no iban muy bien pero ya no lo quiero. A veces vuelan buenas ideas por mi cabeza y no las suelto, pero he aprendido a besar la inspiración y en vez de escribir sobre ella, ya solo me sale vivirla. 

También me llené de besos, acepté que me quisieran y me enamoré muy fuerte de alguien que me ha secado las lágrimas cuando yo no podía hacerlo.
Con él disfruto de lo bueno. Se encarga de recordarme constantemente lo corta que puede ser la vida, cambié, a su lado, la cerveza por el vino y las terrazas de los hoteles de Málaga me sonríen más desde que lo conozco. 
Por último (aunque para muchos esto debería ser lo primero) aprendí a reconciliarme con la comida. Dejé de mirarla de reojo, empecé a saborearla y aunque inevitablemente a veces sigo contando calorías (más inconscientemente que consciente) ya no me hacen llorar. No pude lograrlo hasta que no puse en práctica todo lo anterior. 

No todo es bueno ahora, claro, sé cómo funciono y cuando las cosas no van bien. No espero perfección de mi misma, sino comprensión.

Pero el primer paso es entenderlo y lo segundo, y fundamental, conocerse.

El perdón y las soluciones siempre, siempre llegan después. 





"Recuerda, nadie puede quitarte lo que pones en tu mente"
Edith Eger