Muy lejos de recordar a su forma de reír
Muy lejos de tener en mi mente su manera de caminar,
de memorizar a sus palabras
o a su odiosa y acertada forma de manejar la retórica
en lo que pienso es en sus manos
Unas manos finas, delicadas
Manos que acariciaban casi tanto como arañaban
Unas manos que desataban la coleta despeinada de un cabello olvidado
Que se posaban en las caderas de quien ya se niega a menearlas para
alguien más
Que desabrochaban botones
Y abrochaban pechos rajados
Eran de esas manos, sí
De las que llevan la pluralidad de sentimientos en los dedos
Esto lo descubrí apreciando cada gesto
Cuando yo lloraba, él no lo hacía
(Y le lloré, le lloré mucho. Aún
siento su hombro empapado en mi mejilla)
Decía que no podía permitírselo, porque dos lágrimas juntas podían crear
océanos, y bastante mar teníamos ya con el de mis ojos
Era aquí cuando él posaba sus dedos en mi cara, y barría el llanto
Entonces yo miraba a sus manos temblorosas
-“¿Acaso tienen miedo?”- Le decía
-“No, solo es frío”- respondía él
Y yo las depositaba entre mis labios y el aliento las abrazaba
Otras no temblaban, simplemente se movían, inquietas, sobre mi muslo, dibujando formas al
azar
-“¿Y ahora qué?”- Volvía a preguntar yo
-“Solo se ríen”
Acabé descubriendo, una de esas noches en las que estábamos sentados en cualquier
escalón, que también me llevaba a mí en ellas. Fue en el momento justo en el
que uní sus manos con las mías, y noté un leve bombeo
-“¿Qué es eso?”- Dije, señalando el centro de su palma
-“Es un corazón”
-“¿Tienes un corazón en las manos?”- Susurré, cómicamente espantada
Y el rio
-“No, claro que no. Sería algo imposible ¿no crees?”
Yo asentí, posando su mano en mi mejilla,
diciéndole que tenía razón,
pero sintiendo, a su vez, los latidos de un corazón
que hacía mucho
que había dejado de notar en mi pecho
