Hace meses me recomendaron ver "every brilliant thing", un monólogo más que emotivo sobre las crisis existenciales y la depresión.
El hombre que lo llevaba a cabo contaba como se había tirado parte de su vida creando una lista para su madre sobre las cosas brillantes que tiene la vida. Ella sufría de este trastorno anímico.
No me decidí a verlo hasta hace unas dos semanas, y aunque me sentí identificada con muchas partes del monólogo, todavía sigo dándole vueltas a una de las frases que aparecían.
Esta en concreto era:
Esta en concreto era:
"Si vives una vida plena y llegas al final sin haberte sentido terriblemente deprimido ni una sola vez es posible que no hayas estado prestando atención"
No podría afirmar que esta frase sea cierta en todos los casos, pero en esos segundos se había quedado resumido lo que pensaba sobre mi misma desde hace unos años.
Me recuerdo triste desde pequeña y, aunque no hubiera un motivo claro, de unos años a ahora me he dado cuenta que, probablemente, era por exceso de pensamientos.
Supongo que lo peor vino después, cuando además de pensar también era consciente de lo que me rodeaba. La bola empezó a crecer a los 17.
Había tristeza, claro, y también apatía, me apagué por dentro. Pero cuando lo pienso veo que lo peor fue el destrozo a nivel cognitivo.
Me costaba pensar, concentrarme y responder cualquier pregunta.
¿Las clases? Una odisea. Lo intentaba pero me perdía a los 15 min de empezar, me volaban los pensamientos y no procesaba correctamente. A veces me llevaba libros para distraerme y no escuchar la explicación. Pero la calma me duraba poco porque llegaba al punto en el que no sabía bien lo que leía.
No mantenía conversaciones con normalidad, quería llorar y de un momento a otro me entraba la apatía. Vivía en un cambio constante. Estaba muy frustrada. Solo sabía pensar "alguna vez fui mucho más lista que esto"
Luego vi que no me faltaba inteligencia, sino equilibrio mental
En algún momento quise rezar, pensé en lanzarme de lleno a oraciones que aunque no ayudarían nada me harían estar en calma. Ahí me sentí un poco más empática y entendí la fe de la que otros me habían hablado alguna vez, incluso sentí añoranza por un dios en el que nunca había creído.
Ya ves, cuando lo pienso ahora me río. Cuando era una niña me negué rotundamente a hacer la comunión, y ni los regalos ni la promesa de algún viaje me hicieron cambiar de idea.
La catequesis no me disgustaba pero no era mi pasión, iba por convencimiento de mis padres
-"Si luego te arrepientes y quieres hacerla, no vas a poder...".
Hicimos un buen trato, yo me tragaba años de misas, rezos y lecturas de pasajes, y ellos no me molestaban demasiado cuando llegara el momento en el que no haría la comunión. Tampoco les importó mucho, no eran creyentes. Solo seguían con lo que se llevaba haciendo toda la vida.
En esa misma época, cuando fui aprendiendo más de religión, empecé a rebatirles la biblia (con argumentos propios de alguien que no llega a los 10 años). Es solo que en mi cabeza era una buena historia, pero ni por asomo una historia real y mucho menos en la que creer con tanta firmeza.
No me hicieron demasiado caso. Tampoco lo tengo en cuenta pero creo que una parte de mí ya quería hacerse escuchar.
Me recuerdo siendo muy consciente de que estaba viva y de no poder hacer nada para cambiarlo, como tampoco entendía a veces el por qué de vivir y, muy lejos de asustarme, solo me hacía sentir desgana conforme pasaban los años. Y cuando lo pienso me invade un poco la melancolía, porque aún no sé por qué una niña podía llegar a sentir así.
Luego vinieron los cambios en el cuerpo. Tenia una idea distorsionada sobre cómo debía ser una mujer (por ende, también tenía una idea distorsionada sobre cómo debía ser yo). Si no tenía suficiente con existir, ahora también debía preocuparme por ser.
Abracé los trastornos alimenticios, me regodeé en el vómito y en no comer (entre otras conductas poco sanas y nada agradables de comentar) y no me extraña, tenía todas las papeletas.
Llegué a pesar unos 20 kg más que ahora, me marcaron a fuego desde los 7 años que aquello estaba mal (esto me daría para escribir unas 3 entradas más) crecí volviéndome cada vez más tímida, también más insegura y, como venía comentando, cada vez más pensativa. Aquí estaba la tortura, que crecí focalizando constantemente la atención en mi cuerpo, y cuando la cosa fue a peor se volvió obsesivo. Tenía ansiedad constante ante cualquier mínimo cambio, debía tocar mi vientre a cada rato, mirarme en el espejo cada 10 min, pesarme una vez, y otra, y otra... necesitaba ver que todo estaba igual, los pensamientos no me dejaban dormir y la falta de comida me empeoraba.
Llegué a pesar unos 20 kg más que ahora, me marcaron a fuego desde los 7 años que aquello estaba mal (esto me daría para escribir unas 3 entradas más) crecí volviéndome cada vez más tímida, también más insegura y, como venía comentando, cada vez más pensativa. Aquí estaba la tortura, que crecí focalizando constantemente la atención en mi cuerpo, y cuando la cosa fue a peor se volvió obsesivo. Tenía ansiedad constante ante cualquier mínimo cambio, debía tocar mi vientre a cada rato, mirarme en el espejo cada 10 min, pesarme una vez, y otra, y otra... necesitaba ver que todo estaba igual, los pensamientos no me dejaban dormir y la falta de comida me empeoraba.
Aquí la crisis existencial se volvió enorme, me devoraba y no me cabía en el cuerpo. No es sorprendente que me acompañasen las ideaciones suicidas, estas siguieron hasta bastante después de que todo fuera poco a poco volviendo a su lugar. Es una forma que tiene el ser humano de calmar su ansiedad, sentir que aunque todo va mal podría acabarse cuando quisieras. No significa que vayas a hacerlo (siempre dudé mucho de si yo hubiera sido capaz) pero el cerebro tiene muchos mecanismos de defensa y este es solo uno de ellos (aunque no el más adaptativo)
Una de las conclusiones que saqué del monólogo fue sencilla: da igual la de cosas maravillosas que tenga tu lista, hay veces que simplemente estas no funcionan.
Entonces me viene otra vez la frase. Y soy consciente de que la infelicidad a veces es por exceso de atención. O, al menos, lo es en mi caso.
Los pensamientos ya no me van a 1000 por hora pero tampoco se detienen. Decir que me acuesto tranquila por las noches sería mentir, porque demasiadas veces me viene a la mente todo lo que me habría gustado no vivir y siento un miedo enorme ante la idea de que algo (no sé qué) me haga recaer. Realmente es una lucha constante entre lo que me pide mi mente y lo que mi cuerpo sabe que no debe recibir.
Ante esto, las personas suelen decir que todo aquello que he vivido me ha ayudado a ser quien ahora soy, pero lo cierto es que hubiera preferido el camino mucho más fácil, porque yo nunca quise ser así.
Una psicóloga me dijo que, aunque me costara aceptarlo, ciertos pensamientos no me van a abandonar nunca pero que sí podría disminuir el daño y el caso que quiera hacerles.
No, aún no lo he aceptado del todo pero lo segundo se cumplió.
Ahora, si tuviera que hacer mi lista sobre las cosas brillantes de estar viva, empezaría con algo así:
1.Hay demasiadas cosas buenas en la vida solo que no siempre vas a saber apreciarlas. Y ser consciente de ello, también es increíble
