Vuelvo a escribirte, pero esta vez es
demasiado distinto. Ya no le escribo a tu ausencia, ni a mi dolor, ni a mi
manera de recordar todo lo que hace años sucedió entre tú, yo y lo que nunca me
atreví a contar en voz alta. Ni le escribo a las rocas, ni a la playa que se
llenó a base de lágrimas, ni a aquel nefasto invierno, ni a escalones gastados, ni a estrellas que esconden mundos, ni a cuentos
inacabados sobre sombras que ya no sé dónde están.
No, ahora le escribo a tu
forma de acercarte, lenta, pausada, después de ¿tres, cuatro años? Ya no me
atrevo ni a contar. Le escribo a mis manos temblorosas sujetando un mensaje que me rehízo por dentro, y le escribo a todo el torrente de
momentos que me cayeron encima, y que pensé que se habían marchado.
Leí, poco a
poco, tus palabras. Un claro, repentino, sorprendente "Perdón" que fuiste capaz
de dedicarme. La disculpa que mi pecho llevaba esperando desde hace
años, pero que pensé que nunca llegaría. Y eso ya no me importaba. Me había
acostumbrado a vivir así, sabiendo que había dado más de la cuenta y había recibido
poco, muy poco. Claro, que jamás cambiaría nada; con cosas como esta aprendí a
ser un poco más fría. Ya sabes, hace que el dolor se note menos…
Decías también que me habías hecho
daño, pero que ojalá las cosas hubieran sido distintas, y esto me pareció,
quizá, lo más doloroso. Sí, claro que me hice daño, me resquebrajé tanto que
tuve que cortarte incluso a ti con mis propios trozos. Y detrás de ese dolor
estabas tú. Pero no voy a hacerte partícipe de aquel desastroso suicidio
emocional que llevé a cabo conmigo misma. No puedo. Yo nunca he podido odiarte,
a pesar de haber sentido mucho odio hacia a ti. Sé que puede parecer lo mismo,
pero son conceptos muy distintos. Uno es permanente; el otro se esfumaba cuando
me paraba a pensar. No, nunca pude odiarte ni mantener al rencor entre mis
dedos. Pero tampoco quería, solo acabaría consumiéndome, transformándome en
algo que no soy realmente. Y, puedes creerme, todo ese dolor sobre el que acabo
de narrar no fue producto de ver cómo te enamorabas delante de mí. No, claro que
no fue por verte amando; empiezo a pensar que eso me dio vida. Te vi reír, os
vi reír, y me bastó para sonreír, sin tener en cuenta las lágrimas que vinieran después. Qué va, el problema residía en tu actitud ante lo que yo llevaba a
cuestas, pero lo veo todo tan lejos ya, que no me atrevo a hacer el camino que me
lleve de vuelta a ese pasado.
Siempre he dicho que no me he
enamorado, pero si aquello no fue un enamoramiento, al menos puedo asegurar que
se quedó en amor, demasiado amor. Tanto, que todavía me es inevitable temblar
al pensar en oír tu voz. Por suerte esta vez no lo hice, por suerte solo pude
leerte, y de esa forma era mucho más sencillo calmar a mi pecho.
Hubo una última pregunta, algo que
dejaste bien marcado. Si quería mantener el contacto contigo, o si yo prefería
que te alejaras.
Que te alejaras, mil veces que te alejaras.
Y lo diría otras mil más. Yo no puedo tenerte cerca, me hace echar la vista
atrás continuamente, y ahora más que nunca necesito fijarme demasiado en lo que
tengo delante. Creo que le he cogido miedo a tu presencia, por todo lo que ella
puede producir en mí, y lo siento, lo siento tanto. Aunque este lo siento vaya
más dedicado a mí misma, por no ser capaz de apartar todo aquello que me
atormentó en su momento.
Jamás creí que volverías, aunque solo
sirviera para que yo pudiera echarte.
Creo que voy a quedarme un poco más
con ese "tú" que se mece en mis poemas. Quién sabe, quizá si me lees un poco
más seas capaz de encontrarte entre versos, y sonrías recordando (si es que aún
no has olvidado)
Te quise, te quise mucho. Tanto, que
el eco de ese sentimiento a veces aún suena en mi cabeza, aunque ya sea incapaz de cederle un lugar en mi pecho.