Mira, escúchame. O mejor dicho, léeme.
O, aún mejor, cierra esta mierda y vete fuera, tápate los ojos con las manos,
que ya nada te una a mí. Sé que es mejor así. Yo no voy a culparte de nada,
porque todo lo que pueda echarse en cara ya me lo he llevado yo. Me he empapado
de ello. De los pies al corazón. He sido muy patética todo este tiempo, creo
que llevo siéndolo desde que intenté mentirme, para ver si así te ocultaba un
poquito mejor la verdad. Me he bebido a chupitos, uno tras otro y sin pausa, lo
que sé que siempre he sentido. Y solo me ha servido para acabar besando a unos
labios de no sé quién, con el miedo en los hombros y mi cuerpo temblando. No
sabes lo absurdo que fue verme sollozando sentada en cualquier escalón del
centro a las dos de la mañana, susurrando tu nombre, acariciándome el rostro
con las manos para agarrar las lágrimas por si, de casualidad, te habías
enganchado en una de ellas. Luego la triste acción de vomitar tus palabras en
cada esquina por la que pasaba y después la desagradable sensación de vacío al
despertar, sabiendo que tú no estabas en mí. Lo cierto es que no sé si esto que
acabo de redactar es ficción o realidad, pero a mí me duele igual el pensarte. ¿Sabes por qué duele de esta forma?
Porque me voy a culpar siempre de
haberte querido tanto, pero sin llegar a amar. No es que no te amase por ti, no
es que carecieras de lo necesario para ello. No sabes lo que desearía decir que
la primera vez que me enamoré fue de alguien como tú, pero supongo que en temas
del pecho sí que no puedo mandar. A decir verdad, fuiste el único que me hizo
temblar a base de charlas que me hicieron un poco más humana, y me hizo ver que el amor,
correspondido o no, sigue siendo buen motivo para dar la vida y ofrecerse a la
muerte. Lo que quiero decir con todo esto es que sé que no te amé por mí. Sé
que me asusté, me asusté demasiado. Yo supongo que hay personas para las que
uno no está preparado. Sabemos que pueden darnos tanto, que creemos no tener
suficiente para ellos. Y, claro, al final no queda otra que fabricar una
puerta; no para ver que nuevas oportunidades hay al otro lado de ella, qué va, esa puerta
solo sirve para huir, para alejarse y ahuyentar al sentimiento. Y eso es lo que hice, huir. Al principio pensé que mantenerme quieta era una buena forma de manejar a mis emociones; luego descubrí que solo me quedaba por el miedo a irme, y eso (aunque quisiera creerlo) no es de valientes.
Lo he asumido desde hace mucho ya: Yo sé que no
estoy lista para ti, y quién sabe si llegaré a estarlo alguna vez. Seguramente,
para cuando lo esté, ya no será ni el momento, ni la hora, ni el lugar
adecuado. Pero me quedará el consuelo de saber que, al menos, sí seremos las
personas correspondientes. Quién sabe si no lo fuimos en su momento, y seguimos siéndolo ahora. Y, quién sabe también, si no volveremos a ser Nada, teniéndolo Todo en las manos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario