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"What if we already are who we've been dying to become"

viernes, 31 de julio de 2015

Érase una vez, una historia con final;

Érase una vez un chico, y érase una vez una chica.
El chico llegó a la parada del autobús una mañana temprano y, cómo no, ella ya estaba esperando
La chica tenía el cabello rojizo y largo, los ojos grises y el rostro serio. Era de belleza callada. Él la descubrió cuando ella movió sus finas manos para apartar un mechón de su frente, y vio que su rostro se asemejaba a una muñeca de porcelana mal tratada. Pero una muñeca de porcelana digna de ser mirada.
Él era alto y, quizá, demasiado delgado para su altura. Ella vio su pelo alborotado y sus ojos color azabache. Sintió ganas de acariciarle el rostro demasiado cansado, no sabía si por la vida o por la falta de sueño.
Es en ese instante, justo en el primer choque de mirada con mirada, cuando llega el autobús que recoge a ambos. Al chico le gusta la forma decidida, pero calmada, que tiene ella de caminar. A la chica le gusta descubrir que él se ha fijado en ella, aunque sea por un instante.

Se sientan uno en frente del otro. La chica ha subido los pies en el asiento, el chico no hace más que observar por la ventana.
Ella saca un lápiz de su chaqueta, que da vueltas entre sus dedos.
Él la mira, y los pensamientos vuelan: quizá sea una artista, una de esas personas a las que se les va el día y la noche dibujando, de ahí sus ojeras. Puede, también, que adore el blues como él, y el sonido de unas cuerdas afinadas la haga soñar. Quizá esos guantes son para disimular que sus dedos siempre están helados, y necesita de otras manos para hacerlas entrar en calor. Y quién sabe si esas manos no tendrían que ser las de él, si sus dibujos no deberían enmarcar el rostro de él, si esas cuerdas afinadas no podrían ser tocadas por él también.
Entonces ella alza la mirada y lo observa, y sus pensamientos no vuelan, pero corren, corren demasiado: se pregunta que estará escuchando con esos cascos que lo aíslan del mundo. Puede que sea rock lo que llega a sus oídos, y eso la hace sonreír. Mira sus manos, y tiene un pequeño corte en el dedo índice. Piensa, por un instante, que esa herida no es más que producto de pasar las páginas de un libro demasiado rápido porque, como ella, él adora la literatura y la buena poesía. Quién sabe, quizá con suerte incluso la escriba.

Ahora se miran, pero soy yo la que piensa y se pregunta si quizá no serán ambos el perfecto reflejo de lo que parecen necesitar, sino tendrán ambos la dosis de ese gastado sentimiento que tanto buscan. Puede que sean tan distintos, y estén tan poco hechos el uno para el otro, que acaben siendo lo mejor que les haya podido pasar en una sucia parada de autobús. Quizá ella rellene el hueco producido por cualquier otra hace años, y él le devuelva los gemidos perdidos al colchón que ella destrozó a base de no enamorarse nunca. Y él acaricie los rizos de ella, y en cada caricia desee un poco más de su piel, esta vez sin miedo ni dolor. Y ella se preguntará qué demonios es lo que siente, y se descubrirá admitiendo que se enamoró.
Él la alzará del suelo, y ella sentirá que roza el cielo con sus dedos y, a cambio, le enseñará a él que hay mil formas de hacer el amor, pero mil y una de tener sexo sin falta de sentimiento. Y en un futuro puede, y solo puede, que acaben por odiarse, dejarán toda emoción de lado, todo amor apartado. Ella se preguntará en qué estaba pensando cuando le susurró que lo quería, y él se gritará una y otra vez que debe apartarla de su mente, y los gritos serán obviados, como todo lo que merece ser escuchado.
Pero mientras nada de esto sucede, ellos se miran. 
Él se atreve a sonreír, y ella se marca su sonrisa a fuego en las pupilas, pero por poco tiempo. El autobús frena de golpe, y ella debe marcharse, no tiene oportunidad de responder a ese gesto tan sincero, y él sigue a sus caderas hasta verlas desaparecer. Mueve sus pies hasta posarlos en el asiento de enfrente, y mira por la ventana la sombra de lo que podría haber sido si él hubiese hablado, si ella le hubiese devuelto la sonrisa o si ese autobús se hubiera atrasado cinco minutos, solo cinco minutos, para llegar a la parada correspondiente y darles a ambos el valor que necesitaban
Pero nunca fue.

He aquí la historia más bella de amor; aquella que no tiene comienzo y, por lo tanto, jamás tendrá oportunidad de acabar.


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