Érase una vez un chico, y érase una vez una
chica.
El chico llegó a la parada del autobús una
mañana temprano y, cómo no, ella ya estaba esperando
La chica tenía el cabello rojizo y largo, los ojos
grises y el rostro serio. Era de belleza callada. Él la descubrió cuando ella movió
sus finas manos para apartar un mechón de su frente, y vio que su rostro se
asemejaba a una muñeca de porcelana mal tratada. Pero una muñeca de porcelana
digna de ser mirada.
Él era alto y, quizá, demasiado delgado para su
altura. Ella vio su pelo alborotado y sus ojos color azabache. Sintió ganas de
acariciarle el rostro demasiado cansado, no sabía si por la vida o por la falta
de sueño.
Es en ese instante, justo en el primer choque de mirada con mirada, cuando llega el autobús que recoge a ambos. Al chico le
gusta la forma decidida, pero calmada, que tiene ella de caminar. A la chica le
gusta descubrir que él se ha fijado en ella, aunque sea por un instante.
Se sientan uno en frente del otro. La chica ha
subido los pies en el asiento, el chico no hace más que observar por la
ventana.
Ella saca un lápiz de su chaqueta, que da
vueltas entre sus dedos.
Él la mira, y los pensamientos vuelan: quizá
sea una artista, una de esas personas a las que se les va el día y la noche
dibujando, de ahí sus ojeras. Puede, también, que adore el blues como él, y el
sonido de unas cuerdas afinadas la haga soñar. Quizá esos guantes son para
disimular que sus dedos siempre están helados, y necesita de otras manos para
hacerlas entrar en calor. Y quién sabe si esas manos no tendrían que ser las de
él, si sus dibujos no deberían enmarcar el rostro de él, si esas cuerdas afinadas
no podrían ser tocadas por él también.
Entonces ella alza la mirada y lo observa, y
sus pensamientos no vuelan, pero corren, corren demasiado: se pregunta que
estará escuchando con esos cascos que lo aíslan del mundo. Puede que sea rock
lo que llega a sus oídos, y eso la hace sonreír. Mira sus manos, y tiene un
pequeño corte en el dedo índice. Piensa, por un instante, que esa herida no es
más que producto de pasar las páginas de un libro demasiado rápido porque, como
ella, él adora la literatura y la buena poesía. Quién sabe, quizá con suerte
incluso la escriba.
Ahora se miran, pero soy yo la que piensa y se
pregunta si quizá no serán ambos el perfecto reflejo de lo que parecen
necesitar, sino tendrán ambos la dosis de ese gastado sentimiento que tanto buscan. Puede que sean tan distintos, y estén tan poco hechos el uno
para el otro, que acaben siendo lo mejor que les haya podido pasar en una sucia
parada de autobús. Quizá ella rellene el hueco producido por cualquier otra
hace años, y él le devuelva los gemidos perdidos al colchón que ella destrozó a
base de no enamorarse nunca. Y él acaricie los rizos de ella, y en cada caricia
desee un poco más de su piel, esta vez sin miedo ni dolor. Y ella se preguntará
qué demonios es lo que siente, y se descubrirá admitiendo que se enamoró.
Él la alzará del suelo, y ella sentirá que roza
el cielo con sus dedos y, a cambio, le enseñará a él que hay mil formas de
hacer el amor, pero mil y una de tener sexo sin falta de sentimiento. Y en un
futuro puede, y solo puede, que acaben por odiarse, dejarán toda emoción de
lado, todo amor apartado. Ella se preguntará en qué estaba pensando cuando le
susurró que lo quería, y él se gritará una y otra vez que debe apartarla de su
mente, y los gritos serán obviados, como todo lo que merece ser escuchado.
Pero mientras nada de esto sucede, ellos se
miran.
Él se atreve a sonreír, y ella se marca su sonrisa a fuego en las
pupilas, pero por poco tiempo. El autobús frena de golpe, y ella debe
marcharse, no tiene oportunidad de responder a ese gesto tan sincero, y él
sigue a sus caderas hasta verlas desaparecer. Mueve sus pies hasta posarlos en
el asiento de enfrente, y mira por la ventana la sombra de lo que podría haber
sido si él hubiese hablado, si ella le hubiese devuelto la sonrisa o si ese
autobús se hubiera atrasado cinco minutos, solo cinco minutos, para llegar a la
parada correspondiente y darles a ambos el valor que necesitaban
Pero nunca fue.
He aquí la historia más bella de amor; aquella
que no tiene comienzo y, por lo tanto, jamás tendrá oportunidad de acabar.

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